Monday, July 21, 2008

Capitalismo o socialismo, convento o serrallo

Eulogio López

Considerando las reacciones, albergo la sospecha de que mi enorme minucia del pasado jueves acerca de la propiedad no fue comprendida por numerosos lectores. Ello nos lleva al inquietante dilema de si tan nefanda confusión se debe a defectos de lectura o de escritura, y no tengo la menor intención de resolver la cuestión mediante el recurso a la estadística.

Pero como cabe la remota posibilidad de que no me explicara adecuadamente acerca de la falsa disyuntiva sobre la propiedad, disyuntiva acuciante en un siglo donde la propiedad privada más llamativa consiste en poseer títulos cotizados en los mercados financieros, por lo general de monstruosas multinacionales o de Estados monstruosos, recurriré al creador del Distributismo, mejor, a uno de los tres creadores de esta doctrina económica, que, al parecer sin mucho éxito, intenté explicar en la edición anterior de Hispanidad. Los tres padres de la criatura –al parecer no tuvo madre- fueron Hilaire Belloc y los hermanos Chesterton, Gilbert y Cecil, éste último recién llegado del socialismo fabiano del ilustrísimo George Bernard Shaw.

Fue Gilbert quien más escribió sobre distributismo, y sobre la necesidad de considera la propiedad privada como un derecho básico de la persona, derecho que se aplicaba con la debida precisión de que dicha propiedad estuviera lo más repartida posible y fuera directa, no fiduciaria. Hay que sospechar siempre de la propiedad que no conlleva control, o, como dirían nuestros expertos en buen Gobierno (esto es, en mal Gobierno), derechos económicos y derechos políticos.

Pues bien, don Gilberto escribió cosas como estas en el artículo presentación del semanario G.K.’s Weekly que dirigió.

“Tomaré, como primer ejemplo, el problema de la riqueza y la pobreza. En este problema mi posición es particularmente sencilla: me opongo cordialmente al bolcheviquismo y a los 'trusts'. Creo que es posible restablecer y perpetuar una razonable justa distribución de la propiedad privada”.

Ahora bien, por si no había quedado claro el modo de reparto, GKC aludía a la falsa disyuntiva.

“Decir que debemos tener socialismo o capitalismo es como decir que debemos optar porque todos los hombres entren en los conventos y unos pocos tengan harenes… porque el gran ‘trust’ no tiene más derecho de absorber en un monopolio todas las fortunas privadas y afirmar que así defiende la institución de la propiedad, que el que tiene el Gan Turco de raptar a todas las mujeres y encerrarlas en un serrallo, afirmando que así defiende la santidad del matrimonio”.


Chesterton acusa a la prensa y a los intelectuales de llevarnos a elegir entre dos extremos falsos –capitalismo y socialismo-, y lo deja claro:

“Si todos los diarios hubieran llevado al público la ida de que debemos elegir entre ser vegetarianos o caníbales, podríamos necesitar de algún otro diario indicara que aquella alternativa era un disparate”.

Y por cierto, Chesterton siempre matizó entre propiedad privada y empresa privada. Por ejemplo: el ladrón es un partidario de la empresa privada, pero no exactamente de la propiedad privada. Los presidentes de las grandes compañías deberían meditar sobre este distingo.

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