Monday, July 21, 2008

Tolkien Más Allá de Sí Mismo

José Hernández Prado




Según nos narra con lujo de detalle Joseph Pearce en su libro Tolkien, Hombre y Mito (1) , el mundo editorial británico se vio extremadamente sorprendido en el año 1997, cuando una encuesta nacional promovida por la prestigiada cadena de librerías Waterstone señaló como el libro del siglo XX más gustado por los lectores de Gran Bretaña, El señor de los anillos, la extensa novela de literatura fantástica escrita por John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) entre 1937 y 1949 -y publicada originalmente en tres tomos en 1954 y 1955- (2) , que los críticos literarios más “serios” han considerado siempre como mera “literatura para jóvenes”, o de plano “para niños”; algo así como los actuales libros del personaje Harry Potter. Algunos de esos críticos anglosajones, por ejemplo Susan Jeffreys, Howard Jacobson o Griff Rhys Jones, escribió Pearce, se lamentarían vehementemente de los chabacanos gustos del público lector y de que no triunfaran en la encuesta auténticos gigantes de la literatura británica, como James Joyce, George Orwell o Virginia Woolf. Inclusive llegaron a sugerir que la votación de Waterstone había estado afectada por una campaña conducida por los aficionados de Tolkien desde sus numerosas páginas en Internet. Ulteriores sondeos de opinión, como el del Daily Telegraph o el de la Folio Society, sin embargo, ratificaron al libro del Tolkien como el favorito de los lectores de la isla y aunque pueda contarse con el expediente de aducir –por parte de las personas que piensan que la buena literatura para adultos es la que explora los asuntos de la gente “de carne y hueso”– que el vasto público lector “no sabe” y está inmerso en la niebla de lo convencional, lo poco demandante o lo que le dictan las modas y los deseos de entretenimiento banal, también persiste el problema de saber por qué ciertos libros calan tan hondo en la conciencia y el agrado de un público a veces más abundante de lo que pareciera, y por qué con tanta frecuencia los hechos sorprenden a quienes creen comprenderlos.

A partir del año 2000 otro acontecimiento relacionado con Tolkien y su Señor de los Anillos impactó los medios de comunicación no sólo del ámbito anglosajón, sino del mundo entero: la producción fílmica basada en la principal obra de Tolkien, que habrá de exhibirse en tres partes –prácticamente equivalentes a los tres tomos originales de la novela, aunque por obvias razones cinematográficas, ellas no reproducirán con exactitud el contenido de aquellos tomos– entre los años de 2001 y 2003.

Las tres películas realizadas por un mismo director (Peter Jackson) y con los mismos actores (Sir Ian McKellen, Elijah Wood, Liv Tyler, Cate Blanchett, etcétera), quizás representen un suceso fílmico muy similar al de otras series de cintas bastante exitosas y que han generado un verdadero culto entre muchos espectadores, por ejemplo, La guerra de las galaxias o Viaje a las estrellas.

Cinematográficamente hablando, la producción de El señor de los anillos es significativa por el simple hecho de que tanto la más relevante de las series mencionadas, aquélla de Star Wars de George Lucas, como una gran cantidad de películas de aventuras fantásticas rodadas en las últimas décadas -desde Excalibur, de 1981, hasta Dungeons and Dragons, del año 2000- se apoyan en importantes elementos constitutivos o en ocasiones hasta en el tipo específico de fantasía que proponen las obras literarias de J. R. R. Tolkien. Cada vez que en los años recientes el espectador cultivado vio algún filme de género fantástico -y, sobre todo, asociado con una fantasía “occidental” de resonancias medievales y caballerescas- se preguntaba cuándo los grandes estudios harían una película basada en las historias de Tolkien. Es bueno que dicha oportunidad ocurriera en estos tiempos en que la tecnología de los “efectos especiales” se encuentra tan avanzada.

De hecho, John Boorman, el director de Excalibur, declaró hace algunos meses que él trató de llevar al cine El señor de los anillos en la alejada década de los setenta. (3) Su proyecto era filmar una sola película que condensara la gran historia de Tolkien, e inclusive entró en contacto con el escritor inglés -quien murió en 1973- para plantearle la idea. Por motivos que dejaremos en claro hacia el final de este artículo, Tolkien diría al director de cine que no le agradaba demasiado que se hiciera una película de su magnum opus, pero que estaba dispuesto a vender los derechos en beneficio de sus herederos -sus hijos John, Michael, Christopher y Priscilla Tolkien-. También dijo Tolkien a Boorman que prefería que la cinta no fuese de dibujos animados, sino “con actores reales”, y finalmente el cineasta puntualizaba que el proyecto no se pudo concretar por motivos económicos, pero que hoy celebra que Peter Jackson haya logrado sacarlo adelante con una trilogía cinematográfica que intentará emular a la original literaria. Para bien o para mal, Tolkien está ahora incorporado definitivamente a la gran industria mundial del cine. Otros puristas, además de los críticos “serios” mencionados párrafos arriba, tendrán su oportunidad de “poner el grito en el cielo”. Empero, muchos amantes de la gran novela de Tolkien pensamos que, sea cual sea el resultado de la producción fílmica, más o menos gratificante o más o menos decepcionante, ella no podrá hacerle daño a una pieza literaria ciertamente estupenda. Afirmar lo contrario sería como juzgar que un buen o un mal filme sobre el Quijote, sobre Cien años de soledad o sobre La montaña mágica afectara de algún modo a sus autores o a tan magníficas novelas.

¿Por qué pensamos que El señor de los anillos es literatura de primera línea, comparable a la de los escritores añorados por los críticos “serios” en la encuesta de Waterstone? Pues, sencillamente, y como lo escribe Joseph Pearce en su libro citado (4), porque esa novela expresa en el lenguaje propio de los mitos de una cultura europeo-occidental que todavía no era el gran amo del mundo -la cultura medieval europea-, “verdades” inefables que atañen a todo el género humano, y logra expresarlas de un modo como sólo podía hacerse a través de dicho lenguaje, uno elaborado a partir del imaginario de los cuentos de hadas occidentales que incorporan en sus historias dragones, magos, trasgos y otros seres fantásticos como los inventados por el autor que ahora nos ocupa, concretamente, los orcos, los elfos o los hobbits. ¿De qué tipo de “verdades” hablamos? Pues de aquéllas a las que se refieren los cuentos de hadas para niños, no obstante que allí tales “verdades” aparezcan de un modo simplificador, carente de pertinentes matices y con el corolario de una moraleja aleccionadora. Esas presuntas verdades o sentencias y conclusiones admisibles, sin embargo, acompañaron siempre a los seres humanos en todas las edades y culturas del mundo y son propiamente, entre otras, las posibles respuestas a problemas como el enigma de nuestros orígenes y nuestra condición de seres conscientes en medio de una “creación” de incontables objetos; el problema del mal que existe en el mundo y la intención irreprimible de que sea el bien el que prevalezca; la pérdida o la reafirmación de nuestra dignidad como especie y la compasión que somos capaces de sentir o no por nuestros semejantes, o acaso por otros seres vivos o “creados” al igual que nosotros; el sentido de nuestros esfuerzos por disfrutar de un mundo mejor y lo difícil que es mantener y clarificar nuestras intenciones más encomiables; etcétera. Desde luego, pudiera decirse con razón que las respuestas a problemas de este tipo también se expresan plausiblemente en el lenguaje de la literatura “realista” y “para adultos”. Empero, la pureza de las “verdades” aludidas jamás admitirá una definición por completo “terrena”, y por lo tanto, cuando se aspira a acceder a ella es menester adoptar el lenguaje del mito, de la fantasía o del “cuento de hadas” no solamente narrado para niños, sino también para esos otros niños crecidos, pero asimismo indefensos que, en última instancia, somos los seres humanos atrapados en el esfuerzo -las más de las veces vano- por entender, por mejorar o sencillamente por escapar a la angustia que provoca la falta de respuestas a semejantes problemas.

No es, entonces, que Tolkien fuese un simple “niño grande” o alguien básicamente enamorado de las cosas infantiles, y por ello escribió textos de ficción deliberadamente apartados de la literatura “para adultos”. Más bien llegó a darse cuenta de que existen “verdades” humanas imprescindibles cuyo vehículo de expresión idóneo no es otro que la fantasía y, en particular, los mitos de una cultura con elementos discursivos muy eficaces, procedentes de épocas en las que ésta última carecía de alcances universales y no podía acusársele de suprimir u obstaculizar a otras culturas. No debe sorprendernos que Tolkien se hubiera topado con esta propuesta literaria, sobre todo si consideramos su condición de medievalista y estudioso de la lengua y la literatura de los antiguos pueblos nórdicos y germánicos, entre los que hay que sumar los de la vieja Inglaterra. Tolkien sería, en principio, un profesor de la Universidad de Oxford experto en los idiomas que hablaban los británicos antes de emplear su lengua moderna, y no podemos esperar que escribiera la misma literatura que un Graham Green o incluso, que un H. G. Wells. En rigor, fue justo su condición de filólogo y medievalista la que haría extremadamente notable su obra, ya que en sus textos subyace la sabiduría y la erudición del lingüista, el historiador, el filósofo y aun el teólogo.

Pero hablando de teología, un aspecto que se suele destacar en la obra de Tolkien es el profundo catolicismo que está implícito en ella. Todos los biógrafos del autor coinciden en lo importante que fue para él -cuando niño- la conversión de su madre, así como su decidida inmersión en ese “papismo” que, únicamente en apariencia, habría de transformarlo en un inglés atípico. (5) El propio Tolkien estimuló las interpretaciones “católicas” de su obra, destacando que ellas rendían homenaje al mejor cuento de hadas jamás narrado: los evangelios cristianos que, en rigor, son “verdaderos” incluso en el sentido de que ocurrieron en realidad. (6) También relevaría Tolkien el hecho de que elementos importantes de sus historias asumen como modelo estético aspectos variados del credo católico -por ejemplo, el pan del camino, lembas, y la eucaristía; la majestad de la reina élfica Galadriel y la de la Virgen María; etcétera-. Todo ello bien pudiera ser válido y es imposible cuestionar a los lectores católicos del escritor inglés por reivindicar para su causa doctrinaria y existencial las analogías referidas. Sin embargo, pensamos que el valor universal de la creación tolkieniana no radica exclusivamente en su adscripción a la visión del mundo de una religión en particular. Las novelas y los cuentos de Tolkien -El hobbit; El señor de los anillos; El Silmarillion; Egidio el granjero de Ham; El herrero de Wooton Major y La hoja de Niggle, que son los principales- muy bien se pueden disfrutar y “aprovechar” por todos los lectores o todas las personas del mundo, del igual modo que las obras musicales de Mozart, las pinturas de Van Gogh o los escritos de Juan Rulfo. En esas narraciones del reservado profesor de Oxford, se elucida con enorme sapiencia la compleja naturaleza humana, con resultados sin duda generados a partir del ideario católico, pero que expresan mucho a bastante más gente que la que profesa el catolicismo. En último término, El señor de los anillos y las historias tolkienianas, aunque sobre todo esta portentosa novela, rezuman un impresionante sentido común, una sensatez que bendice el perfil de los personajes “buenos” y conduce el delineado magistral de los “malos”. En Gandalf, Aragorn o Galadriel el buen sentido orienta sus trascendentes acciones, pero es también el buen juicio el que permite que comprendamos los errores de Boromir y las perversidades de Saruman o del Señor Oscuro, Sauron. El sentido común, sin embargo, es lo que mejor caracteriza a los hobbits, y particularmente a Frodo y a Sam. El irreductible sentido común de los hobbits (7) hace factible que el católico Tolkien vaya más allá de sí mismo y atrape y conmueva a los lectores de cualesquiera credos religiosos, e inclusive a los deístas y los ateos.

Cierto tema en el que resalta el sentido común de los hobbits es, curiosamente, el político. La política de la Tierra Media pareciera no proponer problema alguno y ofrecer, en lugar de ello, visos de un aspecto muy claro de la supuesta literatura “para niños o jóvenes” desarrollada por Tolkien. En el mundo fantástico de El señor de los anillos, El hobbit y El Silmarillion campean de un modo soberano y en forma idílica las instituciones monárquica y del vasallaje tan características de la Europa medieval feudal. Muy poco o nada dicen a nuestro mundo moderno, según esto, los reyes buenos y sabios que existen a veces entre los hombres y los enanos y casi invariablemente entre los elfos, así como los tiranos que malgobiernan despóticamente a los orcos y persiguen extender su terrible dominio sobre las razas “libres” de la Tierra Media. Sin embargo, y como bien apunta Joseph Pearce, los singulares hobbits plantean el problema de que ellos son, propiamente, modestos -y felices- artesanos o campesinos pequeño-propietarios que no rinden una onerosa servidumbre económica a las autoridades que los gobiernan y que, de acuerdo con la idiosincrasia que les procurara Tolkien, se ajustan cómodamente al ideario político de lo que en la Inglaterra de los años veinte y treinta del siglo XX se llamó la Liga Distributista, presidida por el célebre escritor G. K. Chesterton. (8)

El “distributismo” político-social inglés planteaba que la población debía escapar a la explotación impersonal e injusta de los grandes consorcios industriales y comerciales, y que los ciudadanos habrían de contar con los medios necesarios para llevar una vida de sana moderación, en cuanto dueños de sus razonables negocios, sus comedidas porciones de tierra, o acaso como empleados de empresas medianamente extensas que no tomaban de la sociedad sino lo requerido para garantizar el genuino bienestar de sus socios. Lo interesante es que en medio de este “distributismo” hobbit, Tolkien esbozara con mucha claridad la doble temática liberal fundamental que expusiera Sir Isaiah Berlin en la “Introducción” a sus Cuatro ensayos sobre la libertad, de 1969: en primer término, ¿por quién debo ser gobernado?, y en segundo lugar, ¿hasta dónde es permisible que alguien me gobierne? (9) Hay pocas dudas, entonces, al respecto de que los hobbits sugieren el modelo de un pueblo libre y admirablemente sensato, que no quiere ser gobernado más allá de lo indispensable y que se ha puesto de acuerdo en las formas de legitimar a las autoridades que lo dirijan. Con suma frecuencia, a partir del ideario católico de J. R. R. Tolkien, se ha enfatizado el hecho que los hobbits integran ante todo una comunidad y reivindican las virtudes de la vida comunitaria. Ello es en gran medida cierto, pero también lo es que entre los hobbits la individualidad no es menos relevante, pues incluso ella es la que contribuye esencialmente a llevar a buen término la gesta desplegada en El señor de los anillos. La enorme sensatez del planteamiento de Tolkien consistiría, así, en que en sus historias, la comunidad promueve siempre la individualidad, o bien la individualidad recibe el soporte inmejorable de la comunidad, pero a su vez la individualidad dignifica y proyecta a la comunidad y le confiere ese sentido que permite que ella inicie de nuevo el círculo virtuoso.

En resumidas cuentas, el mérito de Tolkien estriba en haber creado no sólo una ficción fantástica deliciosamente creíble y asombrosamente verosímil, sino sobre todo una narrativa sensata o pletórica de un gran sentido común, que refuerza sobremanera esa inmensa verosimilitud. Claro que Tolkien produjo su ficción de un modo puramente literario y sería consciente de que la mejor fantasía es, en rigor, la que se expresa literariamente y no la que lo hace a través de las artes gráficas y visuales -la pintura, la escultura, la fotografía, el cine...-, pues en este último caso los receptores cesan de imaginarse a su modo personal la fisonomía de los personajes o la naturaleza de las situaciones narradas. Esto lo señalaría Tolkien en su brillante conferencia de 1938 sobre los cuentos de hadas, dictada en la Universidad Saint Andrews (10), y por ello varias décadas después le diría al director de cine John Boorman, que no estaba en lo absoluto impaciente por ver a su Señor de los Anillos trasladado al cine. En los tiempos que corren, sin embargo, la portentosa novela de Tolkien habrá comenzado a perpetuarse en una producción cinematográfica que está obligada a no desmerecer de tan magnífica pieza literaria, y que nos arrojará la visión forzosamente personal de un entusiasta joven director de cine y de unos encomiables productores que, esperamos, ojalá se hayan comportado a la altura de las expectativas de millones de lectores y amantes de la literatura del profesor oxoniense. De todas formas y cualquiera que sea el resultado de las esperadas cintas, siempre nos será factible regresar a aquel hermoso libro y exclamar, como hace el hobbit Sam en el renglón final de sus tres tomos inagotables, cuando conversa con su querida esposa Rosita, luego de tantas aventuras, “bueno, estoy de vuelta”.

NOTAS
(1) Ediciones Minotauro, Barcelona, 2000, pp. 15 y ss. Este libro de Pearce apareció en inglés en el año 1998.(2) Carpenter, Humphrey, J. R. R. Tolkien. The Authorised Biography. Unwin Paperbacks, Londres, 1978, p. 266.(3) Esta información puede leerse en la página de Internet www.tolkien-movies.com/words/10-01-01d.shtml(4) Pearce, J., Op. cit., p. 70, aunque véase también Carpenter, H., Op. cit., pp. 150-151.(5) Véase Carpenter, H. Op. cit., pp. 31 y ss; Grotta, Daniel, Tolkien, Editorial Planeta, Barcelona, 1982, pp. 27 y ss; Pearce, J., Op. cit., pp. 29 y ss.(6) Véase Pearce, J. Op. Cit., pp. 71-72.(7) “(The) unconquered (...) plain hobbit-sense”, se lee en la parte tres de El señor de los anillos (“The return of the King”, Ballantine Books, Nueva York, 1983, p. 216). Los traductores al castellano de la novela pusieron bien “el indomable sentido común de los hobbits”, en lugar de estas palabras en inglés.(8) Véase Pearce, J. Op. Cit., pp. 172 y ss.(9) Véase Berlin, I., Four Essays on Liberty, Oxford University Press, Oxford, 1969, p. xlvii.(10) Véase Tolkien, J. R. R., “On Fairy Stories”, en The Tolkien Reader, Ballantine Books, Nueva York, 1989, pp. 31-99. El comentario mencionado sobre la superioridad de la fantasía literaria sobre aquélla netamente visual está en la página 70.

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