Saturday, November 08, 2008

GK Chesterton y la Europa de su tiempo

Jorge Dagnino Jiménez




Los principios nucleares del pensamiento político de Chesterton, contrastándolos con la percepción que tuvo de algunos aspectos de la Europa de su tiempo: el Imperio Británico, la corrupción del sistema político inglés, los males sociales de la Inglaterra en la cual le tocó vivir, su concepción de la democracia y de la tradición, la primera Guerra Mundial y sus secuelas y, finalmente, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán

Gilbert Keith Chesterton ( 1874-1936 ), prolífico escritor católico inglés, autor de obras tan conocidas como Ortodoxia, El Hombre Eterno, El Hombre que fue Jueves, la serie del Padre Brown, entre muchas otras, aquel "hombre que reía pensando" (1), ejerció gran influencia sobre pensadores y escritores de la talla de Clive Staple Lewis, Graham Greene, Evelyn Waugh, Jorge Luis Borges y Etienne Gilson, por nombrar a algunos.

Es, sin duda, un auténtico pilar de la literatura del siglo XX (2).

Chesterton no es primeramente un pensador político, razón que en parte explica que este aspecto de su pensamiento haya sido bastante descuidado.

Además, no está expresado sistemáticamente, sino más bien desperdigado en su voluminosa obra.

Sin embargo, es posible discernir en el inglés un ideario político estable.

A su vez, conoció a numerosos líderes políticos como el matrimonio Fabiano Beatriz y Sidney Webb, Winston Churchill, Lloyd George, Mussolini, Pilsudski, entre muchos otros.

Fue un agudo observador de la Europa de su tiempo, muchas veces enunciando juicios que a la distancia parecen proféticos.

En este artículo, me concentraré en los principios nucleares del pensamiento político de Chesterton, contrastándolos con la percepción que tuvo de algunos aspectos de la Europa de su tiempo: el Imperio Británico, la corrupción del sistema político inglés, los males sociales de la Inglaterra en la cual le tocó vivir, su concepción de la democracia y de la tradición, la primera Guerra Mundial y sus secuelas y, finalmente, el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, varios de los cuales percibía como peligros que amenazaban al continente, en este "mundo moderno (...) poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas" (3).

El Imperio Británico y el verdadero Patriotismo

Para entender el rechazo de Chesterton a la doctrina del Imperialismo y particularmente al Imperio Británico, es preciso esbozar qué entendía él por Patriotismo.

Chesterton se sentía muy orgulloso de ser inglés.

Exhibía gratitud a su tradición e historia, a ser compatriota de William Shakespeare , Charles Dickens y de William Cobbett, entre muchos otros.

La identificación con su tierra, sus verdaderos valores, costumbres y religiosidad, representaban para Chesterton un elemento social vinculante de gran trascendencia.

Para el autor inglés, el patriotismo era una forma excelsa de mantener viva la tradición y, por ende, su espíritu democrático.

Sin embargo, es necesario aportar algunas precisiones para no confundir el pensamiento de Chesterton.

En primer término, su patriotismo no es sinónimo de nacionalismo beligerante, exacerbado, tan común en la Europa de su tiempo.

En este sentido no se puede equiparar a movimientos nacionalistas como Action Francaise de Charles Maurras, al nacionalismo fascista de Benito Mussolini y, mucho menos, con el nacionalismo racial de Adolfo Hitler.

Tampoco su patriotismo se puede asociar a la corriente del Imperialismo, doctrina que el inglés repudió toda su vida, precisamente por ser una amenaza para el verdadero patriotismo, especialmente el de las naciones más pequeñas.

En su opinión, el Imperialismo no brotaba sólo de la codicia, de la ambición por extender territorios y riquezas, sino sobre todo de una profunda carencia espiritual, transformándose en una especie de sucedáneo religioso.

Al respecto, era particularmente crítico del Imperialismo inglés : "La gente cree en el Imperio Británico precisamente porque no tienen nada más en que creer"(4).

Consecuente con su pensamiento, Chesterton manifestó públicamente su rechazo a esta corriente en varias ocasiones.

Un primer ejemplo lo constituyó la guerra de los Boers, en la cual las tropas británicas incurrieron en innumerables atrocidades.

El origen de este conflicto hay que hallarlo en el descubrimiento de minas de oro y diamantes en el Rand y en el proyecto de Cecil Rhodes de unir El Cabo y El Cairo por ferrocarril.

El impedimento para estos planes eran los colonos holandeses, los Boers, establecidos en la República de Transvaal y en el Estado Libre de Orange, los que, bajo la presidencia de Kruger, darían en octubre de 1899 un ultimátum a Gran Bretaña para que retirase sus contingentes militares de la frontera del Transvaal.

Comenzaba de esta manera la guerra de los Boers que conluiría en 1902.

La inmensa mayoría de los líderes políticos y la opinión pública inglesa apoyaron decididamente el esfuerzo bélico.

Sin embargo, una minoría, en la cual se encontraban Chesterton y su gran amigo Hilaire Belloc, entre otros, se declarararon pro-Boers.

Desde las páginas del periódico The Speaker denunciaron continuamente la agresiva política inglesa, calificándola de hipócrita, por pretender ser una cruzada nacional cuando en realidad no era más que una mezquina defensa de intereses económicos, una nefasta expresión plutocrática, una maquinación de financieros cosmopolitas (5).

Otro frente en el cual desplegó su antiimperialismo fue el caso irlandés.

Durante toda su vida defendió la legitimidad del movimiento nacionalista irlandés y condenó las atrocidades cometidas por los ingleses en aquellos territorios, cuyos métodos comparaba a los utilizados por los alemanes en la invasión a Bélgica durante la primera Guerra Mundial (6).

Chesterton alabó las tradiciones irlandesas, su sentido de comunidad, su mentalidad rural y profunda religiosidad en diversos escritos, siendo, quizás, el más conocido, Irish Impressions, publicado en 1919 y motivado por las reflexiones surgidas a partir de uno de sus numerosos viajes a Irlanda, libro alabado por su gran amigo irlandés, el dramaturgo George Bernard Shaw. (7)

El patriotismo de Chesterton estaba anclado en la verdad. Es por este motivo, que sintiéndose muy inglés y orgullosos de las grandezas de su país, era capaz de reconocer sus crímenes, sin que esto minara su espíritu patriótico.

En palabras del propio Chesterton, refiriéndose a Irlanda: "decir la verdad sobre Irlanda no es muy agradable para un patriota inglés, pero es muy patriótico"(8).

Corrupción político-social de Inglaterra y la genuina Democracia y Tradición

Como ya se ha señalado, Chesterton no fue primeramente un pensador político y, menos aún, un activista.

En estas lides se vio muy influído por las actividades y escritos de su hermano Cecil y por Hilaire Belloc, quienes en 1911 fundaron el periódico Eye Witness y que al año siguiente cambiaría de nombre a New Witness, publicación radical y muy polémica, empeñada en desvelar las irregularidades y corrupciones de las instituciones de gobierno.

Belloc y Cecil ya habían publicado una obra en conjunto, The Party System, en la cual denunciaban la existencia de un sistema de gobierno en el cual no existían verdaderos partidos políticos, sino grupos de interés que estaban coludidos en la rotación del poder, unidos tan sólo por la fuerza de las grandes finanzas, la plutocracia, que para estos ingleses era uno de los mayores síntomas de la decadencia de la sociedad británica.

En este aspecto, un acontecimiento que alcanzó gran revuelo público fue el denominado Escándalo Marconi, empresa cuya rama inglesa estaba a cargo de Godfrey Isaacs.

Sin entrar en sus pormenores, se debe señalar que fue un negocio millonario del cual salieron beneficiados, entre otros, el Fiscal de la Corona Rufus Isaacs, hermano de Godfrey, el Canciller del Tesoro, Lloyd George, y el portavoz del Partido Liberal en el Parlamento, Elibank.

Tanto Cecil como Belloc denunciaron airadamente la operación, exigiendo una exhaustiva investigación para aclarar las responsabilidades personales, algo que nunca se logró del todo.

Cecil incluso fue demandado por difamación y condenado a pagar una multa por sus encendidos artículos.

Estos sucesos dejarían una sólida impronta en Chesterton, quien perdería definitivamente la confianza en la política partidista.

Para él, la política inglesa de su tiempo era una amenaza para la verdadera democracia, un sistema plutocrático, capitalista, en el cual el poder del dinero predominaba por sobre cualquier consideración moral y espiritual.

Para el autor inglés, "el Capitalismo es una cosa muy desagradable" (9), juicio compartido por muchos autores y movimientos católicos de la primera mitad del siglo XX (10) .

A pesar de su renuencia a la política de partidos, no por ello dejó de elaborar un conjunto coherente de ideas en esta materia, particularmente en torno a la democracia y sus elementos connaturales: patriotismo, tradición , domesticidad y Hombre Común.

Por democracia, Chesterton no entiende un régimen político más, sino más bien la natural expresión del hombre como ser social.

La democracia así concebida es la proyección de la personalidad humana en al ámbito de la política, en el recorrido del camino que lleva a la plena realización de las potencialidades materiales, morales y espirituales del hombre; es decir, el bien común, la buena vida humana en sociedad.

Él distingue dos elementos centrales en la concepción democrática: que lo esencial para los hombres es lo que poseen en común y no lo que cada uno separadamente posee, y que el instinto o anhelo político es un patrimonio compartido por toda la humanidad (11).

La democracia es la fuente de interdependencia, el centro vinculante y, en definitiva, la mayor expresión de comunidad en el ámbito de lo temporal.

Además, la democracia posee un sustrato religioso: siendo de inspiración cristiana, viene a ser el punto de encuentro entre la eternidad y el tiempo.

En este sentido, se debe diferenciar su concepción de la moderna, popularizada tras la Revolución Francesa, la vulgarmente llamada democracia de masas.

Chesterton la rechaza explícitamente: "La genuina democracia se opone a la regla de la masa. La genuina democracia es aquella basada fundamentalmente en la existencia del ciudadano, y la mejor definición de una masa es la de un cuerpo de mil hombres donde no hay ningún ciudadano" (12).

La Tradición es otro concepto cardinal en la visión democrática de Chesterton.

Dice: "Me es de todo punto imposible separar estas dos ideas: democracia, tradición. Me parece evidente que son una sola y misma idea" (13).

Por Tradición, Chesterton entiende un principio activo, dinámico, capaz de vincular el pasado con el presente y prevenir, en lo que se puede, el futuro.

Son las doctrinas, costumbres, creencias, valores de las generaciones anteriores que merecen ser recogidas para otorgar un sentido de identidad cultural a las diversas naciones.

Además, la Tradición juega un rol fundamental para potenciar la virtud de la prudencia tanto en las autoridades como en los gobernados, virtud eminentemente realizadora y central para la obtención del bien común.

En la misma línea argumentativa, Chesterton defiende el concepto de Reacción, vulgarmente asociado a estancamiento, incapacidad de innovar, de enfrentar nuevas circunstancias.

Muy por el contrario, lo visualiza como un núcleo importante de la vida histórica, que permite a los hombres, debidamente identificados con la Tradición, anticipar y saber reaccionar, actuar con armonía en los diversos escenarios (14).

El autor inglés siempre despreció a aquellos ideólogos obsesionados con el futuro, para quienes el pasado y la tradición eran muros a derribar, por ser una especie de camisa de fuerza para la libertad del hombre, visión que está muy lejos de haber desaparecido en nuestros tiempos.

Refutó esta utopía futurista, en la cual la última generación de la humanidad supuestamente lograría esa felicidad terrenal para la cual se esforzaron todas las generaciones anteriores.

Como católico, necesariamente debía rechazar esta noción, pues desde tal perspectiva todas las generaciones previas a la última son etapas, medios para esta y para el catolicismo toda persona humana es un fin, no un medio; además, le reprocha que lejos de expandir los horizontes del hombre se los estrecha, los hace esclavos de algo que no existe sino en potencia. Incluso, escribe que esta fascinación por el futuro es en el fondo cobardía, miedo al pasado, especialmente a las grandezas de este (15).

Por el contrario, la Tradición y la democracia ensanchan el campo de inteligibilidad para el hombre, le permiten entrar en diálogo con sus antepasados, incorporar sus experiencias en su propia trama existencial y transmitir su legado a las generaciones futuras.

Para Chesterton, como ya se ha señalado, democracia y Tradición están indisolublemente ligados, como lo expresa en términos muy bellos: "la tradición no es más que la democracia proyectada en el tiempo(...) no es más que la democracia de los muertos" (16).

Otra noción esencial del pensamiento político de Chesterton es la de Domesticidad, asociada a intimidad, comunión, y a la familia como institución donde ella encuentra su realización más cabal.

Para él, "cuando entramos en la familia entramos en un cuento de hadas" (17).

La familia es el núcleo básico de la sociedad, donde el niño adquiere las primeras virtudes a través de la educación proporcionada por sus padres, virtudes que le permitirán desempeñarse como verdadero ciudadano en el futuro.

Pero ante todo, domesticidad significa un universo de libertad, creatividad y fruición del bien.

En este sentido, Chesterton asigna una tremenda importancia a la propiedad privada familiar, la cual es concebida no sólo como objeto material, fuente de riqueza, sino ante todo como ámbito concreto de libertad.

En la propiedad, el hombre se hace más libre, está más en posesión de sí mismo: "la propiedad es el arte de la democracia"(18).

Chesterton apoyó un movimiento social activo, que tenía como uno de sus objetivos la restauración de la pequeña propiedad que se veía amenazada tanto por el capitalismo exacerbado como por el socialismo.

Este movimiento era el Distribucionismo, que se materializó con la creación de la Liga Distribucionista en 1926, asumiendo Chesterton como presidente y contando con la colaboración de Hilaire Belloc y el Padre Dominico Vincent Mc Nabb, entre otros.

La Liga tuvo sucursales en numerosas ciudades de Inglaterra y, si bien empezó como un movimiento muy pujante, pronto decayó, en parte por las discrepancias internas y también por las escasas dotes organizativas de Chesterton, quien una vez más demostró que lo suyo era el mundo de las letras.

Correlativo a la domesticidad es su concepción del Hombre Común u Ordinario.

Por tal no se debe entender vulgaridad o mediocridad.

El pensador inglés aclara esta confusión conceptual: "soy Ordinario en el correcto sentido del término; que significa la aceptación de un Orden; un Creador y su Creación, el sentido común de gratitud hacia la Creación, la vida y el amor como donación..." (19).

En tal perspectiva, el Hombre Común es aquel que por excelencia puede fundar y vivir en comunidad.

Para Chesterton es el ciudadano ideal de una genuina sociedad democrática.

Sin embargo, el Hombre Común u Ordinario, que vive plenamente la domesticidad, se ve amenazado desde varios flancos que él personalmente combatió.

En primer término, Chesterton denunció, una y otra vez, las diversas doctrinas que apoyaban la existencia de un Estado omnipresente que en la práctica supondría la eliminación de la sociedad civil y, por ende, de cualquier vestigio democrático.

Frente al socialismo, se mostró feroz en cuanto conducía a la supresión del Hombre Común, ejerciendo "la rutina tan conocida de oprimirlo en la práctica y adorarlo en la teoría" (20).

Otros peligros que percibía para la persona humana eran los diversos proyectos de su época que apoyaban programas de eugenesia, control de la natalidad y una desmedida intervención por parte del Estado en la educación.

En Inglaterra las ideas eugenésicas habían cobrado gran popularidad en diversos círculos, sobre todo debido a las actividades promovidas por la Eugenics Society, presidida por Leonard Darwin, hijo de Charles.

El paroxismo de la situación llegó con la Mental Deficiency Act de 1913, que estipulaba gran amplitud para su aplicación, que fue enérgicamente rechazada por Chesterton (21).

No hubo que esperar el ingreso de Hitler en la historia para conocer planes masivos de eugenesia...

Chesterton también se opuso a los distintos programas que abogaban por el control de la natalidad, rechazándolos como atentados al derecho a la vida y por inmiscuirse en la intimidad familiar.

Con su habitual ironía mostraba la falsedad del mismo término, ya que no era control, pues el único control es el autocontrol y tampoco era natalidad, pues se trataba precisamente de evitar los nacimientos (22).

Estos programas no han dejado de aumentar desde la época de Chesterton y no deja de llamar la atención que siempre se considere un bien el tener una vaca en una granja y, en cambio, una carga un niño.

En materias educacionales, el debate que recibió mayor publicidad fue el que sostuvo con Bertrand Russell en 1935 a través de la BBC.

Este último abogaba por un completo control estatal de la educación, mientras Chesterton insistía que tal actividad correspondía primariamente a la familia y a la Iglesia.

Estaba siendo fiel a las directrices planteadas por Pío XI en la encíclica de 1931 Quadragesimo Anno donde se postula el rol subsidiario del Estado.

Primera Guerra Mundial, Fascismo y Nacional Socialismo

Ya se ha esbozado la relevancia que tiene en el pensamiento de Chesterton el concepto de patriotismo.

Hay que añadir que él rechaza la noción de pacifismo.

Para él, la paz no es mera ausencia de guerra sino un estado de plenitud espiritual que imperfectamente puede lograrse en la tierra.

En este sentido, la verdadera paz acepta la posibilidad de guerra, precisamente cuando esa paz se ve amenazada.

La guerra legítima, para el inglés, es una "guerra de civilizaciones y religiones, para determinar el destino moral de la humanidad" (23).

Para él, la primera Guerra Mundial constituyó uno de estos casos, aplaudiendo junto a su hermano Cecil y su gran amigo Hilaire Belloc, la intervención británica en el conflicto.

Cecil iría al frente de batalla, donde perdería la vida, mientras su hermano se hacía cargo de la dirección del New Witness.

Chesterton participó en actividades propagandísticas, siendo miembro del War Propaganda Bureau, y contribuyendo con libros como El martirio de Bélgica y El Barbarismo de Berlín (24).

La primera Guerra Mundial fue ocasión de varias polémicas, en las cuales Chesterton a menudo intervino, siendo las más notorias las que mantuvo con su amigo el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, pero también se mostró irónico con otras reconocidas figuras partidarias del pacifismo como Romain Rolland (25).

Si bien es posible considerar que el apoyo de Chesterton a la causa británica fue un tanto sesgado, su evaluación de los acuerdos que pusieron fin al conflicto, aparece clarividente a la luz de la historia europea de los próximos decenios.

No tuvo reparos en expresar públicamente su rechazo a las negociaciones de paz que sucedieron a la guerra, basadas en la venganza más que en la justicia (26), sembrando así las semillas para una futura conflagración, y con la posterior creación de estados artificiales, como Yugoslavia, que minaban las entrañas de su concepción patriótica.

Tampoco escapó a su fina ironía la recien creada Liga de las Naciones, que en su parecer debió haberse llamado "Liga para la Abolición de las Naciones" (27), juicio histórico bastante acertado si consideramos la escasa, por no decir inexistente relevancia, que tuvo dicha institución en el período de entre guerras.

Posteriormente, con la firma de los Pactos de Locarno en 1925, que en esencia consagraban los límites territoriales acordados en Versalles y permitían el ingreso de Alemania a la Liga de Naciones, se mostró escéptico.

Para muchos estadistas de la época, estos pactos simbolizaban un gran avance en el proceso de paz del continente europeo.

Sin embargo, Chesterton intuía que los rencores estaban arraigados profundamente, especialmente en Alemania, y en este sentido un tratado no los iba a borrar de un plumazo, intuición en la que nuevamente acertó.

Gracias a Dios Chesterton no estaba entre nosotros cuando se realizó la humillante Conferencia de Munich en septiembre de 1938 por la cual se entregó Checoslovaquia a Hitler.

No tuvo igual suerte Pío XI, para quien los acuerdos de Munich significaron "la bancarrota de las democracias" (28).

Respecto al fascismo italiano, Chesterton tuvo la oportunidad de entrevistarse con Benito Mussolini en 1929, el mismo año en que se firmaron los Pactos de Letrán.

Tiempo después, reflexionando sobre este encuentro, afirmó que si bien prefería el antiguo Partito Popolare (29) no por eso dejaba de hallar ciertos rasgos positivos en el fascismo, particularmente su independencia frente a los grandes grupos económicos, algo que no sucedía en las democracias plutocráticas.

Sin embargo, también intuía algunos de los peligros que el fascismo podía representar, especialmente su tendencia al autoritarismo y a la militarización de la política (30).

Si bien el análisis que hace Chesterton parece algo ambiguo, debemos contextualizarlo.

En 1929, Mussolini no representaba lo que representa hoy para la mayoría de la opinión pública.
Tampoco estaba aliado con Hitler, proceso que recién se iniciaría en 1935 tras la invasión italiana de Abisinia.

No olvidemos que en 1934 los nazis austríacos asesinaron al canciller social cristiano E. Dollfus y, que frente a la amenaza alemana, Mussolini hizo avanzar cuatro divisiones de su ejército hasta el paso de El Brenero.

Por lo demás, en los tiempos que Chesterton escribía sobre Mussolini, otros personajes de renombre como F.D. Roosevelt, M. Gandhi, S. Freud, lo hacían en términos mucho más laudatorios (31).

En cambio, Chesterton tuvo una visión muy penetrante y certera de lo que significaba el nacional socialismo alemán.

Percibiendo la ruina en que quedó la Alemania de post-guerra, el descrédito de la República de Weimar, la humillación experimentada por millones de alemanes ante las severísimas claúsulas del Tratado de Versalles, en síntesis, la crisis económica , social y espiritual de los germanos que dejaba un vacío listo para ser ocupado por alguién que estuviera dispuesto a echarse sobre sus hombros la redención de Alemania vió que el terreno estaba abonado para una dictadura sin parangón.

Ya en 1930 escribía: "Hindenburg nunca fue el dictador y nunca lo será(...) Sin embargo, es aquél que mantiene el sillón tibio para el Dictador" (32).

Este dictador aparecería el 30 de enero de 1933, cuando Adolfo Hitler fue nombrado canciller, iniciándose así la historia del Tercer Reich. Ante todo, Chesterton condenaba la idolatría de la raza pregonada por los nazis, de base panteísta, donde la persona humana no tenía cabida.

Hitler representaba el retorno a la barbarie con su política racial, la que, en su opinión, no era más que "antropología vuelta loca" (33).

En 1937 el Papa Pío XI condenaría la doctrina nazi en su encíclica Mit Brennender Sorge.

Chesterton captó el potencial genocidíco del nacional socialismo, mucho antes de los campos de concentración y de la denominada Solución Final.

Atisbaba la destrucción que implicaba. Respecto de los judíos decía que "serán cazados como ratas" (34), percepción macabramente realizada pocos años después.

En definitiva, Chesterton vivió y entendió la política a la luz del Evangelio en la Europa convulsionada del período de entreguerras, defendiendo las libertades del hombre y su singularidad en la Creación, sin perder la independencia de pensamiento obtenida por no matricularse con ningún partido y creyendo siempre que el Estado está al servicio del hombre y no a la inversa, verdad frecuentemente olvidada en el sangriento siglo XX.


Notas

1) López, José E. Chesterton: un escritor alegre. Revista Nuntium en Español. Febrero 2001. N.2. Pág 169.

2) C.S Lewis se sintió particularmente atraído por El Hombre Eterno. Ver Wilson, A.N. C.S. Lewis. Biografía. Editorial Andrés Bello. Santiago de Chile. 1993. Pág 137. Por su parte, J.L Borges se refería a Chesterton como a uno "de los autores que continuamente releo". Ver Borges, J.L. Ficciones. Edit. Planeta. Barcelona. 1971. Pág 116. A su vez, E.Gilson alabó la biografía que el inglés dedicó a Santo Tomás de Aquino en los siguientes términos : "Chesterton desespera a cualquiera. Llevo estudiando a Santo Tomás toda mi vida y nunca hubiera sido capaz de escribir un libro como éste (...) Considero, sin parangón alguno que es el mejor libro que se ha escrito sobre Santo Tomás". Citado en Seco, Luis Ignacio. Chesterton. Un escritor para todos los tiempos. Ediciones Palabra. Madrid. 1997. Pág 405.

3) Chesterton, G.K. Ortodoxia. Edit. F.C.E. México D.F. 1997. Pág. 54.

4) Chesterton, G.K. Autobiography. House of Stratus. London. 2001. Pág. 91.

5) Ibíd. Pp. 70-71.

6) Pearce, Joseph. Wisdom and Innocence. A Life of G.K. Chesterton. Ignatius Press. San Francisco. 1996. Pp. 246-247.

7) Shaw se expresó en los siguientes términos: "Ningún irlandés, vivo o muerto, ha servido tan noble y fielmente a Irlanda con su pluma". Ibíd. Pág 246.

8) Seco, Luis Ignacio. Op. Cit. Pág 274.

9) Pearce, Joseph. Op. Cit. Pág 323.

10) Las palabras de Chesterton parecen suaves comparadas a las de Hilaire Belloc, quien, resaltando las contradicciones existentes entre Catolicismo y Capitalismo, escribía : "El Capitalismo es un mal manifiesto(...) basado en el ridículo, bastardo e ilegítimo poder de la mera riqueza(...) Nuestra Fe jamás habría producido Huddersfield o Pittsburg". Belloc, Hilaire, The Faith and Industrial Capitalism en Essays of a Catholic. Tan Books and Publishers. Illinois. 1992. Pp 217-223.

11) Chesterton, G.K. Ortodoxia. Op. Cit. Pág 87.

12) Ver Wills, Garry. Chesterton. Doubleday. New York. 2001. Pág 312.

13) Chesterton, G.K. Ortodoxia. Op. Cit. Pág 90.

14) Chesterton, G.K. La superstición de la Escuela. En: El Hombre Común y otros ensayos sobre la modernidad. Ediciones Lohlé-Lumen. Buenos Aires. 1996. Pp 37-38.

15) Chesterton, G.K. What´s Wrong With The World. Ignatius Press. San Francisco. 1994. Pp 28-34.

16) Chesterton, G.K. Ortodoxia. Op. Cit. Pp 88-90. Nótese la semejanza del concepto de tradición y reacción de Chesterton con el pensamiento de Edmund Burke (1729-1797), padre del pensamiento Conservador.

17) Chesterton, G.K. El amor o la fuerza del sino. Ediciones Rialp. Madrid. 1995. Pág 45.

18) Chesterton, G.K. What´s Wrong With The World. Op. Cit. Pág 42.

19) Citado en Fagerberg, David W. The Size of Chesterton´s Catholicism. University of Notre Dame Press. Indiana. 1998. Pág 45. Cabe añadir que el Diccionario de la Real Academia Española coincide en otorgar a la primera acepción de ordinario el mismo sentido expresado por Chesterton.

20) Chesterton, G.K. El Hombre Común en El Hombre Común y otros ensayos sobre la modernidad. Op. Cit. Pág 10.

21) Este texto legal era sumamente vago, permitiendo la reclusión de diversas categorías de "degenerados" en instituciones públicas, tales como los hombres "moralmente defectuosos" o los niños "incapaces de obtener el adecuado beneficio de la instrucción en los colegios", entre otros. Ver Pearce, Joseph. Op. Cit. Pág 282.

22) Citado en Schall, James V. Schall on Chesterton. Timely Essays on Timeless Paradoxes. The Catholic University of America Press. Washington D.C. 2000. Pág. 153.

23) Chesterton, G.K. Autobiography. Op. Cit. Pág 147

24) Pearce, Joseph. Op. Cit. Pág 209.

25) Chesterton se refería con sarcasmo al pacifismo sostenido por Rolland : "se tomaba unas vacaciones en los Alpes y decía que estaba por encima de la lucha". Citado en Seco, Luis Ignacio. Op. Cit. Pág 276.

26) S.S. Pío XI compartía la misma opinión de Chesterton. Refiriéndose a las diversas tratativas diplomáticas que siguieron a la primera Guerra Mundial, dijo: "las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de Estado para remediar tan tristes condiciones de cosas han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado". Encíclica Ubi Arcano Dei Consilio. 23 diciembre 1922. N. 6. Chesterton sentía gran admiración hacia este Pontífice, a quien conoció personalmente, y por quien fue condecorado en 1934, junto a su gran amigo Hilaire Belloc, por sus aportes a la difusión de la cultura católica.

27) Citado en Wills, Garry. Op. Cit. Pág 193.

28) Blet, Pierre S.J. Pius XII and the Second World War. According to the Archives of the Vatican. Paulist Press. New York. Pág 8.

29) Partido fundado en 1919 por el sacerdote Luigi Sturzo y disuelto en 1926

30) Pearce, Joseph. Op. Cit. Pp 376-378.

31) Ghandi, por ejemplo, se refería a Mussolini como a un "superhombre". A su vez, S. Freud lo calificaba de "héroe cultural". Ver Rychlak, Ronald J. Hitler, the War and the Pope. Our Sunday Visitor Books. Indiana. 2000. Pág 38.

32) Citado en Pearce, Joseph. Op. Cit. Pág 385.

33) Ibíd. Pág 442.

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